“Todos los nombres” de José Saramago

“Todos los nombres es a todas luces una novela psicológica, en la que el autor traza un perfecto retrato del funcionario Don José y a la vez una crítica irónica de la burocracia. Don José es el único nombre que aparece en las páginas del libro. Es un hombre solo, un simple escribiente, que tienen una afición secreta: recortar y coleccionar noticias sobre personas famosas, desde un obispo hasta una actriz, completando sus fichas con documentos del Registro Civil, donde trabaja. Cuando, por azar, entre las fichas de los famosos se traspapela el registro de una mujer anónima, Don José se obsesiona y comienza a buscar a la mujer desconocida.”


Todos los nombres trata de una casualidad que irrumpe en la vida de un hombre enajenado en la aparente virtud de vivir como trabaja, una  vida que  transcurre entre fichas de nacimiento y defunción, entre el principio y el fin de lo que la sociedad llama identidad. Un mundo en donde decir todos los nombres resulta lo mismo que decir ninguno. Constituye una crítica a la burocratización de la existencia humana. Es quizás, por ello, que no se sabe en qué punto empieza la vida de Don José como ser humano, y dónde como funcionario, una dicotomía que paradójicamente no puede ser conciliada, y que le han convertido en un ser alienado. No en vano, la vivienda de Don José, si es que se le puede llamar así, conecta directamente con el edificio de la Conservaduría General que es algo así como un vetusto Registro Civil con tintes de Archivo Nacional.

IMG_20140719_123928La Conservaduría General se resiste a los embates de la tecnología y prefiere continuar con sus ortodoxos métodos de archivo, para lo cual cuenta con una rígida estructura jerárquica con una planta de funcionarios paleolíticos encargados de  la rutina de dar vida y muerte, al menos en fichas.

No obstante, me surge la duda de si Don José es como es producto de la alienación a la que lo ha sumido su trabajo, o si simplemente él estaba hecho a la medida de un trabajo así, y en todo caso ¿qué es lo que nos hace “estar hechos” a la medida de algo? Total, hasta el momento de la casualidad que alteraría su conducta, era un funcionario bastante ejemplar, y sus días eran perfectamente armoniosos con sus asignaciones de escribiente.

Don José es un hombre tímido pero pusilánime, solitario pero obsesivo, Don José es ese que le teme a las alturas pero se confiesa con el techo, vive en una desesperación silenciosa de la que ni el mismo está consciente y se desconoce al descubrir de lo que ha sido capaz de hacer en el camino por encontrar a la mujer desconocida, esa que se metió en su vida a partir de una ficha traspapelada en su colección  y de la cual busca saber todo con tanta devoción casi, sino lo es, comparada al amor.  Don José desafía por su obsesión el statuo quo de su vida, y tal vez por no tener nada que contarse decide empeñar todas sus energías en ver la vida a través de ese período que a la Conservaduría General no le interesa, ese breve espacio de tiempo entre la ficha de nacimiento y el cementerio: las tragedias, las alegrías, las pequeñas migraciones de gestos y espacios en los que habitamos, esos escenarios que el breve pero intenso peregrinaje de Don José tras la pista de la mujer desconocida no podrán si quiera develarle del misterio de las miserias y vacíos de la existencia humana, al menos no, desde la vida de otra persona.

En “Todos los nombres”, la identidad y la burocracia son los puntos a diseccionar. Ya no se trata únicamente de Don José y los vericuetos a los que llega por su casual afición de coleccionar recortes de personas famosas, tampoco se trata ya del tedio que experimentamos al transportarnos en varias páginas a la rutina del protagonista, ni del jefe omnipresente de la Conservaduría General que parece ser un panóptico no sólo de sus acciones, sino también de sus pensamientos. Es lo que todo ello significa: Alienación.

Ernst G. Schachtel, en su escrito Identidad y Alienación  decía:

“Entonces establecemos nuestra identidad mostrando una licencia de conductor, un pasaporte o algún documento semejante donde aparece nuestro nombre, nuestra dirección, nuestra fecha de nacimiento y tal vez algunos caracteres físicos. En conjunto, nos distinguirán de cualquier otro y establecerán también que somos la misma persona que nació en tal o cual fecha. Tenemos papeles para establecer nuestra identidad, y esta identidad de papel es algo fijo y definitivo. Este es también el significado de la palabra “identidad”, aplicado a las personas, para el hombre común. (…) Es un símbolo notable de la identidad alienada. Un tipo de identidad producto de las necesidades burocráticas del comercio o la administración. (…) En el caso de las identidades de papel, la persona que requiere y examina nuestros papeles es alguien que, al desempeñar su rol como funcionario, se encuentra alienado de los otros como ser humano. Del mismo modo, los guardianes de los campos de concentración estaban alienados con relación a sus víctimas. (…) En nuestra sociedad y en muchas otras, la pérdida de identidad se opera sin el terror de los campos de concentración, de manera mucho más insidiosa.”

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